Cuando pensamos en un adicto, ¿qué imagen nos viene a la cabeza? Habitualmente pensamos en los casos más extremos: en
las impactantes imágenes procedentes de Estados Unidos de adictos al fentanilo tirados en la calle o caminando a duras penas como zombis.
Pensamos en los “yonquis” de la heroína que poblaban nuestras ciudades hace no demasiado tiempo; o en las personas sin hogar alcoholizadas.
Lo cierto es que estos casos son solo la punta del iceberg. La enfermedad de adicción va mucho más allá. La sufren un montón de familias que no se atreven a hablar del problema con nadie por vergüenza y miedo al qué dirán.
La sufren muchas personas cuyas vidas entran en los parámetros de lo que consideramos normal. Con familia, pareja, hijos, amigos, estudios, trabajo, obligaciones… Más o menos cumplen y van tirando.
Situaciones embarazosas
A duras penas, pero mantienen su estatus familiar, social y laboral. Y aunque los problemas derivados del consumo o las apuestas vayan a más y provoquen situaciones muy embarazosas y complicadas, son capaces de mantener el tipo.
Por lo menos durante un tiempo. Porque la situación de un adicto sin rehabilitar nunca mejora. Siempre degenera. Y termina de la peor manera: con muerte anticipada.
El caso es que el adicto funcional, el que aún no ha tocado fondo del todo, no se ve a sí mismo como adicto. Primero, porque el autoengaño es potente. Esta es una enfermedad de salud mental. El adicto distorsiona la realidad: niega que tenga un problema, lo minimiza o incluso lo justifica. “¡Cómo no voy a beber, esnifar, fumar, apostar, si tengo un montón de problemas y necesito evadirme!”
La realidad es justo la contraria. La mayoría de los problemas son provocados por el consumo de drogas —alcohol y fármacos incluidos— o por el juego. En segundo lugar, el adicto no se ve como tal porque no se reconoce en el estereotipo: el del alcohólico desahuciado en la calle o el del yonqui de jeringuilla.
Muchas veces, hace falta que el adicto toque fondo y sufra un episodio de consumo con consecuencias graves para avanzar en la solución.
Ayuda profesional
Entretanto, los familiares son quienes están en mejor posición para mover ficha. Una persona adicta no es capaz de recuperars sola. Necesita un tratamiento específico para rehabilitarse.
El papel de la familia es clave, determinante. Son quienes están capacitados para pedir ayuda profesional, informarse y actuar.
Cualquier familia de nuestro entorno puede verse afectada por la adicción. Es una enfermedad más extendida de lo que se cree. Se oculta por el miedo al juicio social. Pero precisa tratamiento y cuanto antes se acuda a un centro sanitario especializado como DESPIERTA, antes se podrá resolver.
